Siete de enero del año 2017.

Salí de la oficina a las seis de la tarde, caminé al metro, entré, esperé un tren. Adentro del vagón vi lo siguiente: se subió un hombre de aproximadamente 48 años de edad, traía una motosierra en la mano, miró fijamente a una mujer de aproximadamente 30 años de edad, se acercó a ella, encendió la motosierra y comenzó a rebanarla frente a todos. Inició por la cintura, la mujer gritó estridentemente, tan terrible que casi me revienta el tímpano. El hombre de la motosierra pasó de rebanar la mitad de la cintura a parte de sus pechos. Se dirigió a la cara, con ligeros toques le destrozó el rostro. La sangre se esparcía por todas partes ensuciaba a todos los usuarios. La dama dejó de gritar porque murió. Algunos vomitaban, otros gritaban, muchos empezaron a llorar. El piso del vagón estaba lleno de sangre, se había formado una especie de riachuelo rojo y espeso. Nadie jaló la palanca de auxilio. Al llegar a la estación el hombre apagó la motosierra, salió del vagón, ensangrentado, aún con la motosierra en la mano. Caminó a paso regular y se retiró.

Que se queden con sus autos

Que se queden con sus autos, y su dinero y sus trabajos mediocres.

Que se queden con sus autos, atorados en el tráfico durante dos horas,

viviendo para la verificación, la tenencia y gasolina.

Que se queden con sus tarjetas de crédito

y las deudas que les implican.

Que se queden con sus festejos, y el bienestar que les da la santísima virgencita y las figuras de yeso.

Que se queden con el dinero que les proveen sus trabajos mediocres.

Que se queden con su silencio y sus miradas vacías y los mensajes inocuos de sus redes sociales.

Yo me quedo sin auto y sin dinero, pues de qué han de servirme.

Me quedo en mi cuarto de azotea, escuchando a los autos que pasan por avenidas perpendiculares, a alta velocidad, provocándome la sensación acústica de estar en el mar.

Pues para qué he de vivir si me olvido de que antes vale más el aire contaminado de esta cuidad que respiro diariamente.

Me quedo con mi lápiz y papel.

Me quedo con el Jazz y la cámara fotográfica que pagaré a doce meses sin intereses.

Me quedo con el frío de la noche y la oscuridad de la madrugada.

Pues en algún momento todos nos iremos por el desagüe de la gran tortuga.

En San Pedro de los Pinos

La historia que estoy por contar es completamente verídica, prevengo a cualquiera que busque rentar en un lugar concurrido de la Ciudad de México.

Hace un tiempo comencé a vivir solo, felizmente egresado de una popular universidad gubernamental, me inserté en el campo laboral como cualquier asalariado que busca un hueco en la burocracia. Encontré un trabajo mediocre en una de las zonas más adineradas que hay, me refiero a la colonia Nápoles. Las oficinas me quedaban a dos horas de donde vivo. La fatiga, producto de los trayectos, me hacía la vida insoportable. Pensé en porqué no tener un trabajo más cerca de donde vivo, o porqué no vivir más cerca de mi trabajo. Como si dichos pensamientos fuesen una epifanía, apareció en mi cabeza la concreta determinación de mudarme. Si ya ganaba mi propio dinero podía costear mi vida.

Al ver los exorbitantes costos, me era casi imposible comprender cómo la renta de un departamento en zonas aledañas a mi oficina equivalían a poco más de la mitad de mi sueldo. Me pareció descabellado y me sentí desanimado, casi aborto la idea.

La desmoralización me duró poco tiempo, pues rápidamente recuperé el entusiasmo y continué buscando. Los anuncios me parecían muy surreales, no entendía el alto precio por un poco de confort. Había todo tipo de ofertas, casas y departamentos compartidos, recámaras en renta, cuartitos de azotea. Visité algunos lugares, pero no me animaba a compartir mi espacio con desconocidos. He de mencionar que muchos me han tachado de ermitaño y otros de quisquilloso. Lo único que necesitaba era un poco de privacidad, un lugar a dónde llegar y dormir. Sin tener que preocuparme de que mi rommie se hubiera acabado el último medio litro de leche o tener que hacer fila afuera del baño para evacuar.

Investigué en la colonia Del Valle, en la Narvarte, pero ningún lugar me agradó, además de que no quería perder más de media hora de tiempo al transportarme. En ocasiones los viernes pasaba a comer al mercado de San Pedro de los Pinos, cuya colonia está a un lado de donde trabajo. Y siempre me sentía atraído la arquitectura de algunas de sus casas y la iglesia. Decidí encaminar mi búsqueda a esos rumbos.

Llegó mi día de suerte, vi en una conocida web de renta de inmuebles el anuncio de un cuarto independiente con baño incluido en San Pedro de los Pinos. Me gustaron las fotografías. El baño parecía amplio y en el cuarto cabía más que una cama. ¿El costo? El costo era una ganga en comparación con los otros cuartos y departamentos. Llamé inmediatamente y fui lo antes posible para conocer el lugar. Pues en la Ciudad de México las buenas ofertas se acaban pronto.

La dirección, calle 11, evitaré decir el número para no delatar a mi casero. Acordamos la cita, el hijo del dueño del inmueble ya me esperaba cuando llegué. Era una casa grande con una especie de mini departamentos. En la planta baja habían dos, en el primer piso uno y al lado estaba lo que fue mi guarida durante cuatro meses. Al un costado estaban unas escaleras blancas oxidadas en forma de caracol que conducían a un cuarto de azotea un poco más pequeño que el mío. El resto del techo quedaba vacío, exceptuando el lavadero sucio.

Mi futuro cuarto tenía un baño espacioso, el azulejo del piso me agradó, en la recámara había un candelabro con varios focos, y un pequeño muro separaba al cuarto en dos. Eso me pareció perfecto, en un lado estaría mi cama y ropa, quizá uno que otro mueble pequeño. En el otro un desayunador pequeño, el refrigerador y el horno de microondas.

Acepté inmediatamente, el muchacho me dijo que su padre iría al día siguiente con el contrato para que firmara. Me pedían un mes de depósito y el mes de renta que corría, no me pedían fiador con bienes raíces.

Al día siguiente el dueño, un sesentón con dermatitis en la piel y textura de cacahuate garapiñado me entregaba el contrato para que lo firmara. Antes de aquello me advirtió que generalmente sus inquilinos no duraban demasiado en el lugar. Esto se debía a que los vecinos eran personas de la tercera edad, a excepción del muchacho de arriba. Motivo por el cual debía de ser muy cauteloso y no generar ruidos o disturbios en sus apacibles vidas. Eso explica porqué me dio un contrato de seis meses y no de doce, al parecer nadie sobrepasaba ese tiempo.

Con toda la tranquilidad de mi existencia le dije que no debía de preocuparse por aquello. A pesar de tener menos de treinta años el ruido me molesta, no tengo amigos y jamás dejaría la basura a la vista de otros para que se dieran cuenta de mis escuetos hábitos.

Me apresuré a firmar, a dar el depósito y la renta. Todo quedó arreglado. Pronto Alejandro Uribe se independizaría a sus veintiséis años de edad.

Inmediatamente tomé mis maletas y me instalé un lunes por la mañana, pedí permiso para faltar a mi trabajo.

Transcurrieron los días y semanas. Compré el refrigerador que había planeado, un modesto desayunador, una cama con su box, unos taburetes y un closet portátil. Ah, y una de las cosas más importantes, una pequeña mesa para escribir.

La luz y el agua venían incluidos en la renta, pero no el gas. Había un tanque, pero estaba vacío. Pregunté a los viejecillos en dónde compraban su gas, me dijeron que contaban con gas natural. Al parecer sólo el inquilino de arriba y yo utilizábamos tanques.

A pocos días de haberme mudado y de bañarme calentando el agua con una resistencia decidí preguntarle al de arriba. Toqué un miércoles en la noche, me abrió. Lo saludé cortésmente, me pareció agradable, usaba ropa deportiva, era un chico semi atlético, de complexión media y barba. Me respondió que generalmente él compraba el gas por donde vivían sus padres, que recién lo había adquirido y pasaría cierto tiempo para que volviera a ir. Le di las gracias y me retiré.

Esa fue la única ocasión que hablé con él y no pude evitar notar que cuando abrió la puerta su cuarto emanó un olor terriblemente nauseabundo. No le di importancia pese al asco que me generó, supuse que tenía una especie de maldición de pies olorosos. Algo que llamó mi atención fue su costoso carro deportivo estacionado en la calle.

Durante los primeros meses no hubieron grandes cambios. Únicamente adquirí los mueblecillos mencionados. Mis días transcurrían con la monótona circularidad. Me levantaba, iba al trabajo, salía del trabajo y regresaba a mi cuarto. Era casi perfecto, hasta que una noche mientras cepillaba mis dientes vi que en la ventana del baño caminada una Blattodea, es decir, aquél insecto vulgarmente llamado cucaracha. No era enorme, como aquellas que suelen encontrarse en las estaciones de metro, pero aún así mi pavor fue grande.

Después de matarla, traté de no darle importancia, haciéndome a la idea de que recién había entrado en mi hábitat. Las veía comúnmente en las calles, seguramente porque están en las alcantarillas, entre más vieja es la colonia más cucarachas hay. Sin embargo, sabía, o al menos creía, que no podía sucederme eso.

Después de dos semanas vi otra sobre mi desayunador, nuevamente sentí pánico, la aplasté y el asco que me produjo me impidió cenar durante tres días. Compré insecticida, lo esparcí en los huecos en los que sospeché que podían haber más.

Suelo escribir durante la noche, sobre todo si es viernes o sábado. Me desvelo confiado en que al día siguiente me levantaré tarde. Un sábado mientras llovía escuché que mi vecino bajaba el caracol metálico, no me sorprendió, generalmente salía en las noches, a veces regresaba en las madrugadas y volvía a irse. De acuerdo con sus hábitos y su costoso auto, llegué a pensar que era narcomenudista. Si lo era, no me interesaba.

Particularmente ese día fue relevante, mientras él bajaba las escalaras y yo escribía en mi mesa de noche vi como pasaba frente a mí una enorme cucaracha, del tamaño de un ratón pequeño, me miró como si me saludara y continuó con su camino. Superando el acelerado palpitar de mi corazón y el vértigo paralizante, me apresuré a lanzarle un zapatazo, el cual rozó un poco su cuerpo, corrí y con un tenis la liquidé observando como salía de su cuerpo un líquido amarillento.

Nuevamente mi asco regresó, ya no me atrevía a comer nada adentro de la habitación. Investigué más y mi pánico creció cuando leí que por una que se ve hay como treinta escondidas, que sobreviven a lo inimaginable, que su cerebro ocupa todo su cuerpo, que emiten químicos que atraen a otras para que lleguen a cohabitar el mismo espacio, etc.

Entre más me informaba más asco sentía. Me era inevitable. La curiosidad mató al gato, y por poco muero en mi interés extremo por obtener respuestas. Un día pregunté a la vecina, una viejecilla de aproximadamente 70 años, si había visto algo similar. Ella me miró dubitativamente, evitó establecer contacto visual y me dijo que ocasionalmente llegan a encontrarse “bichos de ese tipo” en casas viejas. Que no me asustara, pero era casi imposible deshacerse de ellos.

Me pareció una respuesta mediocre, pero tampoco esperaba una explicación epistemológica.

Probé con todo tipo de métodos, cebos con bicarbonato de sodio, hojas de laurel y ácido bórico. Cuando creía que habían desaparecido, ocasionalmente encontraba una caminando en la pared.

Ya no comía, pensé en mudarme, meditaba durante horas eso, no me concentraba, temía escribir hasta altas horas de la noche por temor a ver alguna. Y nuevamente escuchaba el pum pum metálico por el que bajaba mi vecino. Lo envidiaba, imaginaba que él no tenía cucarachas, o si las tenía, parecía no importarle. Siempre salía en las noches. Y yo me quedaba enclaustrado y con pavor.

Mi meticulosa personalidad me incitó a registrar días y horas en las que aparecían mis inquilinos. Comencé a escribir en una libreta pequeña: Día lunes, 7:00 AM, vi una pequeña en el lavabo, antes de meterme a bañar. Día miércoles 11:00PM, vi una mediana en la pared mientras escribía…

No me llevó mucho tiempo percatarme de lo siguiente. Los horarios en los que aparecían variaban, pero había algo en común, siempre aparecía una grande en sábado, exactamente en el horario en el que bajaba mi vecino. Ese hallazgo me provocó gran sobresalto y me erizó la piel.

Deduje lo siguiente:1) quizás mi vecino sacaba su basura en la madrugada y ese olor atraía a los bichos, 2) quizás su cuarto estaba infestado y buscaban nuevos horizontes, y, 3) quizá era malvado, las atrapaba y las dejaba cerca de mi entrada.

Cualquiera de las tres opciones me parecía descabellada y poco real. Pero jamás imaginé que la realidad fuera tan aterradora. Lo que descubrí aún me parece un espeluznante sueño, ojalá y lo fuera.

Decidí espiar a mi vecino un sábado en la noche por una pequeña apertura entre la cortina y la ventana. Estuve alerta a partir de las 11PM, aunque sabía que no tenía un horario fijo, Dieron las 11:30PM y no bajaba, las 12:00AM y no aparecía, la 1 de la mañana y tampoco. Creí que jamás bajaría. Quizás sabía que esperaba verlo. Opté por apagar la luz para fingirme dormido.

Alrededor de las 2:20 AM escuché el típico azote de su puerta, en la penumbra esperé ansioso ver su figura descendiendo y sus malévolas acciones. Las escaleras vibraron produciendo ese ruido que me da escalofríos recordar. Al verlo bajando por un instante creí que mis ojos saldrían de sus órbitas.

Sí, efectivamente era mi vecino, y no, no traía su bolsa de basura en las manos. Ni si quiera tenía manos. En su metro ochenta de estatura no había rasgo humano, No bajaban sus pies y no llevaba zapatos. En lugar de dos piernas habían seis tipos de extremidades que lo sostenían. Su andar era raro. De su cabeza salían dos grandes antenas, gigantes, de color castaño. Su cuerpo se componía de un abdomen casi plano, no tenía espalda, era una especie de caparazón…

Traten de pensar en todas las ocasiones en las que sintieron el peor miedo, vértigo y asco de su vida, ahora sumen esas emociones, y ni si quiera estarán medianamente cerca de lo que experimenté. Pensé que vomitaría, que mi corazón se detendría, estuve a punto de gritar.

Seguía mirándolo, lo último que dejó fue la sombra de su repugnante ser detrás de sí. Me desmayé y me golpeé la cabeza. No estoy seguro, pero calculo que estuve inconsciente de quince a dieciocho minutos.

Al abrir los ojos corrí al baño y vomité en completa oscuridad. Encendí la electricidad de mi cuarto. Vi una cucaracha sobre la pared, era grande, pero no sentí miedo, después lo ocurrido ya nada podía sorprenderme.

No dormí, y por la mañana me fui. Pedí asilo en la casa de mis padres, no quise terminar el mes de renta que me quedaba, ni si quiera le pedí mi depósito al casero. Mis cosas las vendí a muy buen precio a un amigo. No quería conservar artefacto alguno que me recordara aquella situación.

Constantemente me hago las siguientes preguntas: ¿cuántos como ellos hay en esta ciudad? ¿En dónde están? ¿Habrá forma de distinguir una blattodea gigante de un humano?

Mientras me hago esas preguntas busco un nuevo lugar para rentar.

Metro

lafemmedelapinwordpresscom

Subes al metro , sí es que puedes. Entras. Desprendes fragancia de tu limpio cabello. Inmediatamente surge esa nauseabunda sensación del hedor predominante en el vagón, te has acostumbrado tanto que ya ni lo notas, es realmente repugnante. Pero tú sólo buscas espacio entre los cuerpos apilados. Todos sudan. El desodorante pierde su efecto en la mayoría y algunos casos no tienen remedio.

Olor a menstruación, manteca de obesos, la ropa utilizada por tercera ocasión, ancianos rancios. Te sientes a punto de vomitar y el enfrenón del vagón te empuja hacia otros, por poco te impactas contra el tubo.

Las puertas se abren, suben más personas a empujones, mujeres con altos tacones, personas con culos gigantes. La anciana mojigata mira con desaprobación a la sexi adolescente de minifalda, ha olvidado la manera en que engendró a los trece hijos que dio a luz.

Adultos reumáticos con ojos lagañosos compiten por…

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Estupendamente

lafemmedelapinwordpresscom

Inicia la semana, tu gadget te levanta con una burda canción que ni si quiera sabes porqué escogiste. Te cuesta despertarte, te tallas los ojos, te bañas, no sabes qué ponerte. Sales tarde, a regañadientes, molesto contigo. Unos cuantos minutos de retraso en la oficina, la recepcionista te saluda, piensas que se ve preciosa el día de hoy. Los lunes sientan bien a las mujeres, mejores peinados, cero ojeras, maquillaje exacto. Duermen mejor, son más responsables.

Han llegado varios, pero no eres el único atrasado. Inicia la Godirutina, prender la máquina, ordenador o computadora, como prefieras llamarle. Comienzas a trabajar, en cámara muy pero muuuy lenta. Algunos te saludan, preguntan por tu fin de semana fingiendo que les interesa. Te muestras empático y respondes haberla pasado bien, agradable, chévere. Dices que todo salió estupendamente, para eso son los fines. El jefe te llama, vas a su oficina, te da el…

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Diez pinches centímetros

Todo para diez pinches centímetros de un pito semi erecto. Sí nena, sí, es lo único que ese cabrón sabía decir. Lo hacía a una velocidad razonable, pero si fuera más rápido no sería pésimo en la cama.

Comencé a sentir asco, el sudor de su pecho se escurrió cayendo en el mío. Quería besarme en la boca. Yo giraba un poco mi cara, prefiriendo morder su hombro. Empecé a aburrirme, mis manos podrían haberlo hecho mejor.

Terminamos, mejor dicho, terminó él.

Soporté a este mentecato durante dos horas, mientras él hacía uso de su falsa galantería y yo me emborrachaba más. Tenía barriga, pero con las dos caguamas que bebí ni si quiera lo noté.

Me invitó a una fiesta, sabía que era en su cama, acepté fingiéndome ingenua, no era tan feo después de todo.

Se durmió con su cabeza sobre mi pecho, me dieron ganas de vomitar, un mastodonte que apestaba.

Era madrugada, así que no podía irme, tuve que quedarme, soportarlo, sentir asco e irme al amanecer.

Al despertar quería el mañanero, me llevó unos sopes a la cama y me dijo ni en tu casa te tratan mejor.

Me levanté, busqué mis calzones, me vestí, él sólo me miraba sin habla. Lo vi fijamente a los ojos y le dije ¡pendejo!

Salí de ahí.

Un frappé de moca, por favor

Quince

Quince, quince minutos tenía esperando Carlos. Sus nervios, sus malditos nervios le hacían sentir que su estómago era trizas, odiaba eso. Si comenzaba a sudar, el desodorante se desvanecería y su boca seca precedería al mal aliento.

Camisa nueva tipo leñador, jeans limpios, ¿zapatos? Unos zapatos decentes, los de astronauta quedaron bajo la cama con su pestilencia y suciedad. Buen peinado, gel, perfecto. ¿Y ella? Ella llevaba ya diéciseis minutos de retraso, pero no importaba, sería perfecto. Su chica, una bailarina de ballet, piel tersa, casi caucásica, bonitos pechos, esbelta figura, signo piscis, ojos grandes, fan del pop rock y lectora de Gabriel García Márquez. Bonita, muy bonita.

Ella

Ella no se habría retrasado esos veinte minutos si hubiera elegido un día antes la ropa que se pondría, o si tan sólo por lo menos no hubiera cambiado de opinión. Pero como dice el argot, el hubiera no existe. Con taquicardia caminaba a prisa, quería correr, pero estropearía el polvo de su rostro con sus gotas de sudor escurriendo. Sabía que la esperaría, tenía que ser así. Sus cortas piernas y la vanidad de su arreglo le impedían ir más rápido. Mientras tanto, el tiempo se hacía eterno y Julieta divagaba sobre el cuánto llevaban conociéndose, pensaba en cómo se había acrecentado la atracción en el último mes. La emoción era grande. Un chico que le mandaba poesía, que le había hablado de Baudelaire y leía más libros que cualquier otra persona que hubiera conocido, o al menos eso decía. Su rostro anguloso le parecía perfecto, le recordaba al vocalista de The Verve, con su peinado aniñado.

Veinte minutos después y llegó al fin, el desmoronamiento visceral fue en retroceso haciendo que el rostro de Carlos se compusiera antes de que el nudo en la garganta y las glándulas lacrimales trabajaran a toda velocidad. Por un momento dudó, no sabía si era ella, se parecía mucho a la fotografía, a diferencia de que no tenía su traje de bailarina de ballet y sus pechos tampoco parecían tan lindos. Supo que era ella cuando le sonrió y era más o menos igual a tres de las ciento trece fotografías de su álbum.

Las imperfecciones de su rostro eran visibles pese a la plasta de maquillaje que le recordaba a un pambazo cuando sale después de ser remojado en la cazuela del chile.

Sonriente, Julieta miraba su cuerpo ñango y la manera en que se le acercaba con rostro atontado. Le era inevitable despegar sus ojos de las viejas cicatrices del acné. Lo imaginó más alto, por lo menos diez centímetros de lo que era en realidad. De cerca no era tan parecido al vocalista de The Verve, su palidez era similar, aunque más bien resultaba cadavérica.

¿Julieta?, le preguntó él, sí, respondió Julieta. Ambos se alegraron de que si fueran las mismas personas del perfil y no algún pervertido decadente.

¿Entramos?, preguntó Carlos, ella asintió con la cabeza.

El café

El café era rústico, un lugar bohemio, y se observaba a veinteañeros hipsters o que pretendían serlo.

– ¿No me reconocías verdad?- preguntó ella.

– Sí- respondió él. – Sólo que me entró la duda porque en tu foto de perfil tu cabello se ve un poco pelirrojo, y ahorita se ve un poco más oscuro.

– Es que tenía un tono rojo cenizo, recién me lo pinté.

– Oh ya, ¿tu me reconociste?

– Sí, eres igual a tu foto. Aunque te ves un poco más delgado en persona.

– He bajado de peso.

Un joven con rastas sujetadas y delantal caqui se acercó para entregarles las cartas. Gracias, respondieron ambos.

– ¿Te gusta el frappé de moca verdad?- preguntó Carlos.

– Sí, ¡qué bien que lo recuerdas!

– Recuerdo todas nuestras pláticas.

– ¿Todas?

– Sí, todas.- Ambos se sonrojaron.

– Yo también las recuerdo.- tomando su celular, moviendo rápido sus dedos y respondiendo el mensaje WhatsApp de su prima, quien le preguntaba si el chico era real o un lunático. Ella le contestó, con una velocidad impresionante, que era real, aunque no era tan guapo como en las fotos. Mientras tanto, Carlos miraba a su alrededor, observando el diseño del lugar al que entraba por primera vez aunque había pasado infinidad de ocasiones.

– ¿Desean ordenar?- preguntó el joven de rastas.

– Sí, quiero un frappé de moca, por favor.- respondió Julieta.

– Lo mismo- replicó Carlos.

– Voy al sanitario.

– Sí – respondió Carlos. La mirada de ambos era nerviosa, evasiva.

Carlos esperaba, sacudía nerviosamente su rodilla hacia arriba y hacia abajo, tal y como dicen los padres que no debe de hacerse, tomó su celular y checó su Facebook, las novedades eran las mismas de siempre, estados de felicidad y depresivos, gente diciendo pasarla muy bien o muy mal, fotografías de todo tipo de comida fast food. Dio algunos likes y lo guardó nuevamente.

Ella tardó casi diez minutos. Él comenzaba a preocuparse.

– ¿Me tardé? – Preguntó, Julieta alisándose la falda gris que traía y tratando de que quedara encima de sus medias negras.

– No.

El mesero llegó con el pedido.

Ambos tomaron los vasos con cautela.

– ¿Y cómo van las clases de ballet?- Preguntó Carlos

– Tiene seis meses que no voy.

– ¿Por qué?

– Me esguincé el tobillo izquierdo y me dijeron que reposara durante dos meses. Ahorita hago pesas con mi prima, y estamos pensando en la natación.

– Mmm, me parecen buenos deportes.

– ¿Tú cómo vas con la banda?

– Estamos ensayando, pero el bajista y el vocalista discutieron, entonces el vocalista renunció y ahorita buscamos a uno, pero es pesado encontrar a alguien que nos guste.

A Julieta le llegó un WhatsApp, tomó su teléfono a prisa mientras Carlos hablaba.

– Pero ahí seguimos, consiguiendo más tocadas.

– Me da gusto por ti. – contestó ella sin despegar la mirada de su teléfono.

Ambos daban pequeños sorbos a su frappé, con timidez. Se les dificultaba mirarse a los ojos.

– Te traje un regalo.- dijo Carlos sacando un libro de su mochila.

– Gracias, no tenías que molestarte. – respondió ella, fingiendo sorpresa. Tomó el libro entre sus manos, explorando la portada, leyendo el título. La mala hora, de Gabriel García Márquez. – ¿Cómo supiste que no lo he leído?

– Me platicaste de los libros que conoces de García Márquez, ese no lo mencionaste. A mí me gustó.

– Te lo agradezco. – Sacó de su bolsa una camiseta con la portada del álbum In Utero, de Nirvana – mira, espero que te guste, el otro día pasé por una tienda de música, la vi y me acordé de ti.

– ¡Wow!, muchas gracias. – Respondió él con fingido agrado.

En el parque

Terminaron sus bebidas, Carlos pagó y decidieron ir a caminar al parque España. Él se moría de ganas de tomar su mano, pero no se atrevía, temía su rechazo. Conversaban sobre su familia y sus planes a mediano plazo.

De vez en cuando Carlos sostenía su celular para leer las notificaciones de su Facebook, tenía un grupo en el que compartía todo con respecto a su banda. Ella respondía de forma intermitente los mensajes WhatsApp que llegaban de su prima y otros amigos. Se sentaron en una banca y quedaron en silencio, él aún tenía ganas de tomar su mano, ella desviaba su mirada, evitando sintonizarse con él para darle confianza ante su obvia intención.

Despedida

Comenzaba a anochecer, llegó otro WhatsApp, lo leyó, le dijo que ya tenía que irse, él preguntó si todo estaba bien, ella respondió que sí, que se había quedado de ver a su prima en una plaza, la acompañaría a comprar un par de zapatos. Él la acompañó al metro, la miró fijamente, no sabía si atreverse a darle un abrazo, ella fue determinante, le dio un beso en la mejilla, introdujo el boleto en el torniquete y avanzó. Él dio media vuelta y se dirigió al metrobús.

Durante el recorrido a casa ambos sentían que les faltaba algo, su emoción había sido demasiado grande, pero no encontraron lo que buscaban. Julieta se apresuró a escribir un mensaje de WhatsApp a su prima: “Fue un fracaso total, se veía algo feo en persona y ni siquiera me invitó a un buen lugar.”

Carlos entró a su habitación, encendió su computadora y escribió lo siguiente:

Creo que no le gusté, a decir verdad ella tampoco me gustó demasiado, es algo regordeta y su rostro no es tan bonito como en sus fotografías, no creo que volvamos a vernos.

El presente

Han pasado seis meses, Julieta y Carlos no han vuelto a encontrarse, aún mantienen su amistad a través de las redes sociales. Julieta no ha leído el libro que le regaló Carlos, de hecho García Márquez no le gusta tanto, pero era lo que le dejaban leer en la preparatoria. Carlos aún no estrena la camisa que le regaló Julieta, nunca le gustó Nirvana, él no recuerda haberle comentado que le gusta, pero tampoco le dijo que le disgusta.